Del trueque al QR: Las billeteras móviles tejen inclusión en el altiplano aymara

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  • En la feria de Batallas, ese cuadrado de pixeles blancos y negros es el nuevo puente entre la tradición ancestral del trueque y el sistema financiero global.

El área rural de Batallas, con su agónica vitalidad urbana. Foto: Mauricio Carrasco

Mauricio Carrasco

La Paz, Innovapress, 10 ene 2026.- Cada sábado, la feria en Batallas despierta antes que el sol. Al municipio aymara —de la provincia Los Andes, en el departamento de La Paz, ubicado a 55 kilómetros al noreste de la ciudad de El Alto— llegan agricultores y comerciantes desde comunidades distantes, y compradores desde el Perú en busca de ganado vacuno.

La plaza central se llena de voces que negocian y de miradas que calculan sin prisa los precios, como se ha hecho siempre.

Son generaciones que conocieron el peso exacto del trueque —cuando tres atados de cebolla equivalían a un kilo de chuño— pasaron luego por el dinero contado billete a billete y hoy sostienen un celular como si siempre lo hubieran hecho.

El gesto es nuevo, pero no la lógica de medir lo justo: un código QR reemplaza al efectivo y la transacción ocurre en segundos.

En Batallas, a 3.985 metros sobre el nivel del mar, entre el murmullo bilingüe y la primera luz del día, pasado, presente y futuro conviven en una pantalla iluminada.

Alcancía digital

Las aplicaciones han permitido que comerciantes, agricultores y familias aymaras accedan al sistema financiero formal sin sucursales bancarias, con solo un celular y conectividad rural.

Entre el «Janiwa chhika qullqiru» —no tengo tanta plata— y el mugir del ganado, irrumpe ahora un sonido nuevo: el tono de notificación de un celular. Una transferencia recibida. Un pago confirmado.

La modernidad digital se ha instalado sin pedir permiso en el corazón del altiplano aymara.

El Censo de Población y Vivienda 2024 confirma la vitalidad de este pueblo: de 11.365.333 habitantes que tiene Bolivia, 774.874 personas son aymaras.

Son números que señalan una resistencia cultural que se mantiene viva en cada transacción de la feria de Batallas, en cada notificación de celular, en cada «janiwa» de negación que se pronuncia mientras se frustra una negociación o el «jisa» afirmativo para confirmar una venta.

Es el caso de doña Gregoria Quispe, quien con las manos que han ordeñado vacas desde antes del amanecer ya no recibe billetes desgastados y sucios. Ahora extiende un código QR pegado rudimentariamente en un cartón sobre su puesto de comida.

«Yape», dice simplemente, pronunciando la palabra como si fuera aymara.

El código QR —ese cuadrado de pixeles blancos y negros— es el nuevo puente entre la tradición ancestral del trueque y el sistema financiero global.

El miedo al dinero en papel

Antaño, viajar con efectivo desde las comunidades hasta las ferias del altiplano fue un acto de riesgo. Los caminos solitarios, las madrugadas oscuras, los asaltos ocasionales: todo conspiraba contra el dinero en papel.

«Qullqixa ch’uxuw», dice don Marcelino Mamani, productor de papas de la comunidad Huayna Potosí de Palcoco.

«El dinero atrae al ladrón», traduce su hijo, Juan, estudiante de Ingeniería Agrónoma en la Universidad Católica Boliviana, sede Batallas.

«Antes, cuando mi papá vendía sus productos, tenía que guardar los billetes en el sombrero, en los bolsillos. Y siempre con miedo».

Según datos de la Asociación de Bancos Privados de Bolivia (Asoban), en 2024 el 70% de la población adulta en Bolivia tenía una cuenta bancaria, un salto significativo desde el 56% registrado en 2018.

Pero el dato más revelador está en el uso: en 2021, más del 30% de esas cuentas eran utilizadas mediante tecnología para realizar pagos digitales.

Para 2025, aunque los datos exactos están en consolidación, la tendencia se aceleró exponencialmente, especialmente en zonas rurales.

El celular —chililiri en aymara— se convirtió en la alcancía de ahorro más segura del altiplano.

De los jóvenes a los viejos

Todo empezó con los jóvenes estudiantes de la Universidad Católica en Batallas que llegaban desde La Paz, El Alto y la frontera con Perú, ya habituados a usar billeteras digitales para todo: desde pagar la pensión hasta comprar el Api, esa bebida caliente de maíz morado en los puestos callejeros.

Felipe Huyo, estudiante de último año de Medicina Veterinaria, recuerda que, en 2022, tras la pandemia, descargó Yape por recomendación de un amigo peruano.

«Al principio mi papá se reía», cuenta Felipe. «Decía: ¿Cómo va a entrar el dinero por el teléfono?»

Pero la barrera del cambio no se rompió con publicidad bancaria ni con folletos en español. Se rompió con la lógica comunitaria más antigua del altiplano: «Si el vecino lo usa y funciona, yo también».

En aymara existe una palabra para esto: “Jumanakampi juk’amp amuyt’asipjjañani”. Significa, aproximadamente, «debemos entendernos siempre». Y en Batallas, el entendimiento llegó de celular a celular, de vecino a vecino, y el código QR es visible en puestos de venta.

«Es lo más fácil», dice Mayra Bascopé Patty, de 21 años, quien ayuda a administrar la pensión de sus padres.

«Mis clientes me pagan así. Ya ni traen efectivo».

Nueve de cada diez

Lo que sucede en Batallas es el reflejo de una transformación nacional que tiene protagonista indiscutible: el QR Simple.

Según reportes de Asoban, a octubre de 2025 las transferencias electrónicas interbancarias alcanzaron los 68.333 millones de dólares.

Pero el verdadero salto está en el número de operaciones: se superaron los 340 millones de transferencias, un incremento del 127,1% respecto a los primeros diez meses de 2024.

Dentro de estos avances, sobresale el uso del QR Simple que en octubre de 2025 representó el 89% del total de transferencias electrónicas.

Es decir, de acuerdo con Asoban, de cada diez transferencias que se realizan en Bolivia, nueve son a través del QR Simple.

Pero el dato que mejor explica lo que sucede en ferias como la de Batallas, es otro: Según Asoban, el 51,2% de las transferencias por QR Simple se realiza por montos menores a 50 bolivianos, con su impacto en las transacciones de bajo valor y, en consecuencia, su aporte a la inclusión financiera en el país.

Cuadro elaborado con datos oficiales de Asoban

 

Altoke con los productores

A las cinco de la mañana, cuando las estrellas todavía brillan sobre el cielo, don Paulino Laura ya está ordeñando sus vacas en la comunidad de Villa Remedios de Calasaya. Cada vaca da entre 15 y 20 litros diarios. La leche se vende fresca a los queseros de Batallas, pero también a intermediarios.

Don Paulino tiene una deuda. Él aclara que es un microcrédito con BancoSol. En marzo de 2025, pidió prestado 11.000 bolivianos para comprar tres jóvenes vacas lecheras. Las cuotas mensuales son de 480 bolivianos, más intereses.

Antes de la pandemia, pagar las deudas era una odisea. Se tenía que guardar el dinero de las ventas durante todo el mes, viajar hasta la agencia de BancoSol en Achacachi, hacer fila, a veces perder medio día de trabajo. Ahora se usa Altoke.

«El señor del banco vino a la comunidad y nos explicó», cuenta don Paulino en un castellano mezclado con aymara.

«Dijo que con el Altoke podíamos pagar las cuotas desde el celular. No lo creí, pero mi hijo me ayudó a instalarlo».

La billetera digital se diseñó precisamente para esto: integrar el cobro de la venta diaria con el pago de las cuotas de microcrédito.

Feria de los sábados en el municipio de Batallas. Foto: Mauricio Carrasco.

Yasta, el Estado en el bolsillo

Doña Felipa Condori tiene 62 años y cobra la Renta Dignidad, el bono que el Estado boliviano otorga a los adultos mayores. Cada mes, recibe 350 bolivianos.

Un lustro atrás, cobrar ese subsidio significaba viajar hasta El Alto.

«Wali jach’awa» —muy cansador—, dice.

Pero desde 2023, doña Felipa usa Yasta, la billetera digital del Banco Unión, a pesar de la comodidad de contar con una sucursal física en Batallas.

De acuerdo con la Asociación de Bancos Privados de Bolivia, los Puntos de Atención Financiera (PAF) de todos sus afiliados crecieron considerablemente, alcanzando los 11.959, lo que significa que el 98% de los municipios del país cuentan ahora con cobertura de servicios financieros físicos.

Además, según datos de Asoban, en 2018 apenas el 41% de los adultos en Bolivia tenían acceso a una cuenta financiera. Para 2024, esa cifra se disparó al 70%.

Cuadro elaborado con datos oficiales de Asoban

El código QR de las cosas grandes

A las afueras de Batallas, en la carretera que conecta con Puerto Pérez, don José Luis Condori, sus hijos adultos y sus hermanos crían ganado vacuno. Es un negocio próspero, alimentado por el creciente interés del vecino Perú.

Don Roberto vende entre tres a cinco cabezas de ganado en las ferias semanales. Durante años, esas transacciones se hacían en efectivo.

Desde 2024, él y su familia utilizan Zaz, la billetera digital del Banco Económico. Zaz está diseñada para transacciones de mayor volumen, con límites más altos orientados a comerciantes formales.

«Ahora, cuando alguien compra un animal, me transfiere por Zaz y el banco me conoce», dice don Roberto.

La digitalización de montos mayores tiene un efecto colateral importante: formalización.

Estudiantes de Veterinaria, sucursal Batallas agentes del cambio. Foto: Mauricio Carrasco

El aprendizaje digital

En la casa de doña Gregoria Quispe, su nieto Kevin, de 17 años, alumno de la secundaria en Batallas, le enseña cómo usar las aplicaciones del celular. Le muestra cómo leer las notificaciones, cómo verificar el saldo, cómo escanear un código QR.

«Mi nieto es mi profesor», dice doña Gregoria. «Jupax yatichaskiwa» (él me enseña).

Pero el aprendizaje no es unidireccional. Kevin también aprende. Aprende cómo regatear en aymara, cómo tratar con respeto a los clientes mayores. Aprende la lógica del ayni, la reciprocidad andina.

Este aprendizaje intergeneracional es uno de los fenómenos de la inclusión financiera digital en Batallas. No hay capacitadores formales, no hay talleres del banco. Hay familias. Hay comunidad. Hay confianza.

Y la confianza llegó cuando el vecino le enseñó al vecino, cuando el hijo le enseñó al padre, cuando la nieta le enseñó a la abuela, todo fluyó de forma natural.

Pero son los avances en materia de uso —no solo de acceso— los que están redefiniendo la inclusión financiera en Bolivia, particularmente en servicios asociados a la banca digital, destaca Asoban.

Y lo que ocurre en Batallas no es una excepción aislada, sino parte de un cambio más amplio.

Según la entidad, el uso de efectivo en Bolivia ha disminuido en los últimos años, con múltiples ventajas: mayor seguridad, más higiene —especialmente relevante después de la pandemia de COVID-19—, más comodidad —no hay que contar billetes, no hay que buscar cambio— y la formalización como valor agregado, porque las transacciones digitales dejan rastro, lo que facilita el acceso a créditos formales.

Pero  nada de esto sería posible sin conectividad.

Según datos de la Autoridad de Regulación y Fiscalización de Telecomunicaciones y Transportes (ATT), en 2012 sólo el 0,7% de los hogares rurales tenía acceso a internet.

Para 2024, el Censo de Población y Vivienda registró un salto al 53,9%, permitiendo que más de la mitad de la población rural se integre a la economía digital.

En Batallas, la señal 3G llega hasta las comunidades más alejadas. No es perfecta —a veces se cae, a veces es lenta—, pero existe. Y con eso basta para cambiar la economía local.

La feria ganadera en Batallas, entre la madrugada y el alba. Foto: Mauricio Carrasco

Identidad y tecnología

En el altiplano paceño, bajo la mirada eterna de las montañas y los nevados, la ancestral identidad no se pierde por usar tecnología.

Doña Felipa Condori usa Yasta, pero sigue hablando aymara. Don Marcelino Mamani paga con Yape, pero sigue con ofrendas a la Pachamama antes de sembrar. Doña Gregoria cobra con códigos QR, pero sigue preparando su queso con las recetas que le enseñó su abuela.

El código QR —ese invento japonés de los años 90, pensado para rastrear piezas de automóviles— es ahora el símbolo de una revolución silenciosa en el altiplano.

Según la Asoban, Bolivia alcanzó un índice de bancarización del 70% en 2024, pero lo más significativo es el salto en la inclusión financiera integral: aquella que no sólo mide si alguien tiene cuenta bancaria, sino si realmente la usa.

En las noches de Batallas, cuando el viento calma y el silencio se impone, las familias se reúnen alrededor de la mesa. Se habla en aymara. Se come chuño con queso. Se toma mate de coca.

Y en algún momento, suena una notificación. El dinero llegó.

El código QR pegado en el cartón de sus pequeños comercios es una herramienta más en la larga historia de adaptación del pueblo aymara. Como el poncho de lana que protege del frío, como el aguayo que carga al bebé, como el arado que surca la tierra, la economía por celular es ahora parte de la vida cotidiana.

En Batallas, los sábados despiertan antes que el sol. Solo que sus habitantes pagan de otra forma. Cobran. Ahorran. Viven. Ahora sostienen el celular en una mano y un puñado de tierra en la otra.

IP/RDC

 

 

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