- A más de cuatro décadas del quiebre institucional perpetrado en noviembre de 1979, la memoria colectiva revive el saldo luctuoso de la represión militar contra la resistencia obrera y popular en las calles de La Paz.

Por Marcelo Padilla
La Paz, Innovapress, 31 oct 2026. — La historia rememora 47 años de uno de los capítulos más cruentos de la vida contemporánea boliviana, la memoria nacional evoca los trágicos sucesos de la denominada “Masacre de Todos Santos”, desencadenada tras el golpe de Estado militar perpetrado en la madrugada del 1 de noviembre de 1979 por el coronel Alberto Natusch Busch, que derrocó al interinato constitucional de Walter Guevara Arze.
El asalto al poder, ejecutado en vísperas de la festividad de Todos los Santos, truncó de manera abrupta el frágil proceso de recuperación democrática abierto en agosto de ese año.
La respuesta social no se hizo esperar: la Central Obrera Boliviana (COB), bajo el liderazgo de Juan Lechín Oquendo, junto a sectores campesinos, fabriles y universitarios, decretó de inmediato una huelga general indefinida y el bloqueo de caminos en todo el territorio nacional en rechazo a la asonada castrense.
Ante la masiva resistencia popular en las calles de la sede de Gobierno, la respuesta del régimen de facto fue una implacable ofensiva militar. El casco urbano paceño fue militarizado con el despliegue de regimientos de infantería y carros blindados que ocuparon arterias estratégicas como la Garita de Lima, la avenida Buenos Aires, la Pérez Velasco y las inmediaciones de la plaza San Francisco.
La represión escaló a niveles inéditos con vuelos rasantes de aviones de combate de la Fuerza Aérea sobre los populosos barrios y zonas alteñas, mientras tropas del Ejército reprimían con fuego de munición de guerra las movilizaciones y barricadas vecinales. En paralelo, el Estado Mayor del Ejército en Miraflores funcionó como el centro principal de operaciones y detención clandestina de dirigentes sindicales y políticos.
El saldo de los 16 días que duró el régimen de Natusch Busch dejó cifras estremecedoras para la historia nacional, con más de un centenar de civiles muertos —en su mayoría caídos por impactos de bala—, cerca de medio millar de heridos y decenas de desaparecidos, convirtiendo a La Paz en un escenario de dolor e indignación.

La masiva e inclaudicable resistencia popular y sindical terminó por doblegar al gobierno de facto, que se vio aislado política e internacionalmente. Ante la ingobernabilidad y el paro total del país, Natusch Busch firmó su renuncia el 16 de noviembre de 1979, abriendo paso a un acuerdo parlamentario que permitió designar a Lidia Gueiler Tejada como presidenta interina de la República, la primera mujer en asumir el alto mando de la nación.
Más allá del trágico saldo de víctimas, la Masacre de Todos Santos dejó profundas implicancias estructurales en el proceso democrático boliviano. Por un lado, demostró la resistencia férrea del estamento militar a someterse al poder civil, evidenciando que la doctrina de la seguridad nacional continuaba operando como un factor de veto y desestabilización permanente contra los gobiernos elegidos en las urnas.
La impunidad con la que actuó la cúpula castrense en noviembre de 1979 sentó el nefasto precedente que facilitaría, apenas ocho meses después, el sangriento golpe narcomilitar de Luis García Meza y Luis Arce Gómez en julio de 1980.

Por otro lado, los 16 días de resistencia consolidaron el rol decisivo del movimiento sindical y las organizaciones populares como los verdaderos garantes y escudos de la institucionalidad democrática.
La articulación de las ciudades con los bloqueos campesinos en las carreteras demostró que el retorno a las libertades constitutivas no sería una concesión del poder político o militar, sino una conquista pagada con vidas humanas en las calles, marcando a fuego la memoria histórica sobre el costo de la democracia en el país.
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